viernes, 10 de noviembre de 2017

El río Bélico adquiere otra fisonomía

8:41

Aquel cristalino riachuelo que Plácido (Gabriel de la Concepción Valdés) nombró en 1841 «Bélico», retoma ahora un ambiente higiénico y natural que lo distinguirá a contrapelo de la dimensión de antaño. El infausto poeta lo apreció con deleite y observó que en las orillas existía un mineral de imán, según dijo 17 años después Manuel Dionisio González en su Memoria Histórica de la Villa de Santa Clara y su Jurisdicción, un monumental texto de consulta.

Los cambios desde entonces fueron notorios, incluso los surgidos cuando el denominado malecón de Santa Clara recreó el paso de vehículos con la apertura de la Carretera Central, la vía que de este-oeste conectó al país.
Ya no crecen, como en sus orígenes, los laureles, pero algún que otro ocuje legendario recuerda los árboles que prosperaron en la periferia inmediata del centro de la ciudad.

Un tiempo después, las aguas turbias, con derrames líquidos y sólidos de diferentes tipos, convirtieron la ruta del río en territorio inhospitalario.

Con el paso del tiempo no importó que lo llamaran de la Sabana del Puente o de las Piedras. Tampoco que constituyera desde su nacimiento en las estribaciones del Escambray un abierto escenario placentero para construir en 1887 lavaderos públicos por iniciativa de Marta Abreu de Estévez, la Benefactora. Todavía cuatro de esas edificaciones se mantienen en pie, y algunas aguardan con ansiedad una rehabilitación que las impulse hacia un mayor ámbito social o cultural.

Similar suerte de contaminación acogió, con menor desidia contra el medio ambiente, el amplio trayecto que recorre el río del Monte, del Tejar, de Buenviaje o Cubanicay, remanso de agua que, antes cristalina, hizo peregrinar a muchos por aquellas pocetas de refrescamientos infantiles.

En las riberas de ambos ríos, y enfrentados a la pestilencia y las inundaciones, surgieron humildes poblaciones. En zonas bajas las viviendas, unas más confortables que otras, soportaron los embates de  lluvias y ciclones. Los moradores hacían malabares para proteger sus pertenencias. Algunas áreas hasta quedaban incomunicadas, y frondosos árboles desprendieron sus profundas raíces por incontinentes vientos y crecidas de aguas.

De la noche a la mañana, sin muchos aspavientos, operarios con camiones, rastras y retroexcavadoras, olvidan horas de trabajo para eliminar material de desecho. Andan ocupados en el dragado de una parte esencial del Bélico, en tramos que, según expresan, son definitorios para apuntalar una cultura medioambiental.

Desde la Carretera Central, a partir de San Miguel y hasta Martí, en un itinerario de las vías de agua sinuosa, próximo al kilómetro, se realizan por estos días vitales labores de saneamiento.

El río Bélico, aquel que bautizó Plácido en reconocimiento a sus amigos de Villa-Clara, según la edición de 1841 de El Veguero, adquiere otra imagen. El lecho fluvial se amplía y el panorama contra desbordamientos  disminuirá. Faltará entonces reforestar suelos aledaños, y dar otros encantos naturales al lugar.

En muchos años, recuerdan vecinos, nunca se emprendió una acción de tal magnitud, penetrando con profundidad en el manto turbio y menguado caudal del río, un sitio de historias.

Las acciones, costosas por el gasto de combustible y hasta paralización del tránsito de vehículos, son vitales para preservar la calidad del medioambiente y la salud de todos. Tal vez para frenar a transgresores que después desparramarán desprecios sólidos, habrá que volver la mirada a aquella sanción pecuniaria que desde 1726 se dispuso en la Villa con el ánimo de contener a quienes corrompían los ríos sin importar posibles epidemias.

Alguna medida sancionadora se tomará para que los ríos, de un modo u otro, vuelvan al abrigo de lo placentero  en la estabilidad social de todos.


Tomado Periódico Vanguardia

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